Uno de los inconvenientes de la reelección es que despierta pocas esperanzas, salvo en quienes esperan que ella le pueda proporcionar continuar en el poder, con todo lo que eso pueda representar de beneficio personal o grupal. Pero no para la mayoría del pueblo, máxime si ve de inmediato que después de las elecciones los problemas, en vez de resolverse, se agravan.
En el mejor de los casos, la creencia generalizada es que un gobierno surgido de una reelección solo podrá ofrecer “más de lo mismo”. Pocos pueden creer, aunque se haya ofertado, que en el nuevo período se hará lo que no se pudo o quiso hacer en el anterior. Además, no puede echarle la culpa de los males que hereda, como es práctica normal, a un gobierno anterior distinto al suyo.
En cierta medida, cuando hay continuismo por la reelección, la forma en que se inicia el nuevo gobierno está determinada por como concluye el anterior. Lo que sucede en la última fase del que termina es la primera del que comienza. Y en el caso que nos ocupa la situación no puede ser peor para un gobierno que empieza, pues estamos terminando muy mal.
El Secretario de Economía, Planificación y Desarrollo, y el propio Presidente de la Republica reelecto, se han encargado de hacernos saber cómo estamos terminando, que es lo mismo decir como empezará el nuevo gobierno.
Recientemente, el ingeniero Temístocles Montás afirmó que la crisis que estamos enfrentado (al final del gobierno) es potencialmente mayor que la encontrada al asumir el poder en el 2004 (y aquella fue devastadora). Por su parte, el Presidente Fernández, tanto en discursos pronunciados en el país como en el exterior, ha dicho que la crisis que enfrentamos no tiene precedente: además de responder a factores externos, tiene dimensión de totalidad porque afecta a los alimentos, los combustibles, la energía y el medio ambiente, siendo al mismo tiempo, económica y financiera.
Si así están las cosas, y no tenemos razón para dudar que así sea, no solo por quienes lo han afirmado sino también por lo que vemos y padecemos, no nos queda mas que esperar que el nuevo gobierno solo pueda ofrecer “más de lo mismo”, pero agravado.
Si antes los subsidios y el pago de la deuda externa fueron los argumentos con los que se pretendía justificar la poca inversión en materia de desarrollo humano, especialmente en educación y salud, ahora todo indica que los recursos a invertir en estos dos renglones fundamentales para el desarrollo de las personas y del país, serán menores, por cuanto ahora hay mas subsidios, la deuda es mayor, los precios de los alimentos han subido y los del petróleo lo han hecho de manera exorbitante.
Cuando los números no cuadran y los gastos son mayores que los ingresos, los gobiernos suelen recurrir a un “ajuste fiscal” que disfrazan con “reforma fiscal”. El propósito siempre ha sido, aunque se diga lo contrario, lograr que se aumenten los ingresos sin afectar la cantidad de lo que se gasta y, mucho menor, mejorar su calidad.
De esta manera los subsidios se pueden mantener, y hasta aumentar, las deudas se pueden pagar, quedando muy poco entonces para poder invertir en educación y salud lo que se entiende como necesario, aunque para otras iniciativas no falta la voluntad política y los recursos fluyen de manera generosa.
Esto es lo que siempre ha sucedido. Primero se niega que se contemple realizar otro ajuste fiscal, luego aparece la recomendación del Fondo Monetario Internacional de que algo debe hacerse en materia fiscal y terminamos con otro ajuste, nunca con una verdadera reforma fiscal.
En este gobierno que termina se enfrentan dificultades sin precedentes. Se ha considerado que es la peor crisis de las que hemos padecido. Por la reelección es, al mismo tiempo, el inicio de un gobierno que empieza, lo que presagia un futuro incierto.
En este nuevo período el gobierno se inicia, siendo ya viejo, tendrá que emplearse muy a fondo para poder terminar bien, aunque una población sin las necesidades básicas satisfechas pueda subirse a uno de los vagones del progreso.