Hemos analizado en la entrega anterior que la llamada crisis alimentaria mundial contiene elementos estructurales relativos al orden mundial, que se ven agravados por factores coyunturales, algunos de los cuáles tienen tendencia a perdurar.
En la República Dominicana se expresa la crisis con el aumento de los precios de los productos de origen agropecuario y un incremento inusitado de los costos de producción.
El gobierno intenta echar toda la culpa a los factores externos, y pretende reducir o invisibilizar las causas internas de la crisis.
Asimismo, representantes de los otros partidos que anteriormente han dirigido el país, reducen sus análisis a la coyuntura, descargando toda la culpa al gobierno actual y obviando el origen histórico y estructural de la debilidad del sector agropecuario.
Así pretenden eludir la cuota de responsabilidad que les corresponde por el deplorable estado de la base productiva nacional.
La escasez y carestía de alimentos que son las formas en que se expresa la crisis a nivel mundial, tienen mayor efecto en el país, principalmente porque desde hace décadas se ha venido imponiendo un modelo caracterizado por el abandono del campo, de la producción nacional y el aumento de la dependencia de las importaciones.
El nuestro es un mercado vulnerable porque es suplido en una alta proporción por productos de origen externo.
Contrario a lo recomendable para resguardar la llamada seguridad alimentaria, el país ha sido llevado a un estado de inseguridad alimentaria, por la política de abandono a la producción y la irresponsable apertura total a los productos subsidiados del exterior.
Los defensores de esa política, médula del modelo neoliberal, se defienden argumentando que el país no tenía fuerzas para oponerse a las imposiciones y presiones de los organismos multinacionales y las potencias.
Sin embargo, sino el que más, el país fue uno de los más entreguistas al aceptar estas medidas.
Otros países más pequeños y economías más o menos similares, defendieron su producción interna, preservando parte del mercado para sus productores y algún mecanismo de protección. Tal es el caso de Costa Rica, entre otros.
Evidentemente contaron con gobiernos menos entreguistas y con mayor conciencia de la soberanía en general, y de la soberanía alimentaria en particular.
Concomitantemente con la entrega del mercado nacional a los productores subsidiados de las potencias, se mantiene un abandono de los productores nacionales, incluso de aquellos que supuestamente podrían aprovechar la apertura de mercados, en sentido inverso, es decir, exportando productos al exterior y generando divisas.
Los programas de apoyo a la llamada competitividad productiva, han sido más un eufemismo que realidad.
Tanto el sector agroexportador como el que destina su producción al consumo interno, están atrapados.
Con la crisis actual mundial, en especial de los precios del combustible, el sector agropecuario recibe el impacto del aumento de los insumos agrícolas, como son los fertilizantes y pesticidas.
También aumenta el costo de producción por tarea, por el alto precio de los combustibles para las maquinarias utilizadas en la preparación de la tierra y para el transporte de la cosecha.
Los altos costos de producción se reflejan en un aumento de los precios, dificultando el acceso a los alimentos de los consumidores.
Aparte de los altos precios de los insumos (agroquímicos) y del combustible, que son factores de carácter externos, persisten en el país otros factores que atentan contra la capacidad productiva del sector agropecuario y que tienen origen en políticas internas.
La falta de créditos para la producción sigue teniendo un peso importante, agravado con el incremento de las tasas de interés.
Persisten y se agravan con el incremento del costo del transporte los seculares problemas para el mercadeo de los productos agropecuarios.
Otro problema estructural de vieja data sigue siendo el de la distribución de las tierras productivas, la mayoría de las cuáles esta concentrada en muy pocos propietarios que las subutilizan, como el caso de las inmensas extensiones del Este y de otras regiones del país.
En cambio, una gran parte de los pequeños productores que abastecen el mercado local, están cada vez más relegados a tierras marginales de bajo nivel productivo, mientras enormes extensiones de suelos productivos permanecen ociosos o subutilizados.
Es cierto que el país tiene una dotación de recursos naturales, en especial suelos y aguas, que constituye un potencial para una mayor fortaleza en cuanto a producción agropecuaria. Pero la distribución de estos recursos es extraordinariamente inequitativa y su uso es el menos eficiente.
Enfrentar la situación del sector productivo agropecuario del país con propósitos estratégicos sobrepasa medidas coyunturales. Debe partir de una nueva visión de país.
Las fuerzas que han dirigido al Estado en las últimas décadas han ido construyendo un país para el consumo de productos alimenticios provenientes del exterior, un país para las zonas francas y el turismo, un país-paraíso para la inversión extranjera.
Ese modelo da indicios de fracaso. Aumenta la pobreza, destruye la base de recursos naturales, compromete la soberanía.
Con ese modelo como norte no es posible superar la crisis actual, ni la estructural del sector agropecuario nacional.