El doctor Leonel Fernández Reyna, se juramentó ayer por tercera vez como presidente constitucional de la República, no sólo ingresando a un club de pocos nombres entresacados de los más de 50 presidentes que ha tenido el país desde 1844, sino convirtiéndose en el único que lo ha logrado con triunfos electorales claramente manifiestos.
Su trayectoria triunfal no ha estado exenta de dificultades. La primera vez cantó victoria no porque fuera individualmente el contendiente de mayor respaldo popular, sino porque supo hacer provecho de una coyuntura en la que el dueño de una votación superior a la de un 25% del electorado quedaba cesado por una reforma constitucional que le impedía procurar la reelección inmediata y estaba motivado a maniobrar para que unos adversarios que le despertaban intranquilidad no lograsen el triunfo, razón por la cual su tabla de salvación pasó a ser la opción peledeísta.
En la segunda oportunidad la ruta fue expedita: llegó sobre la cresta de un oleaje de popularidad, alimentada por sus adversarios, que con atropellos institucionales y desparpajo administrativo, se distanciaron de sectores que tradicionalmente se habían movido en la periferia del perredeísmo, y recibieron el tiro de gracia con el colapso bancario del 2003, que disparó la inflación y la pérdida de empleos a niveles insospechados. El grito de guerra lo aportó no la estrategia de campaña sino el pueblo “E’ Pa’ fuera que van”, y Fernández cuanto debió hacer fue montarse en un vehículo de campaña a expresar con el gesto de sus brazos la señal que querían ver la mayoría de los electores.
Hubo que pasar por la dificultad de torear un tribunal electoral escogido en forma desequilibrada y además hubo que contener los ímpetus de jefes militares que se vincularon en forma directa a la arenga reeleccionista, pero la impopularidad del gobierno que se combatía era tan fuerte que se logró con relativa facilidad.
En la segunda oportunidad el presidente enfrentó una resistencia interna casi insignificante, pero las cosas no resultaron así en la tercera oportunidad, donde la contienda adquirió matices más enconados y a la hora del conteo, la resistencia bordeó un significativo 30%.
Todo por los traumas históricos que ha sembrado en la mentalidad de muchos dominicanos el tema de la reelección presidencial, que hasta que Fernández no evidencie todo lo contrario, como tiene oportunidad de hacerlo en el mandato que inauguró ayer, lo que le ha reportado al país ha sido retroceso institucional.
Los peledeístas primero y el pueblo después, entendieron que Leonel Fernández debería seguir rigiendo los destinos nacionales, y el deber de todo el PLD y de quienes lo han respaldado es trabajar y contribuir con el éxito de la administración.
Los desafíos no son pocos y el más importante para mí es la falta de fe, el dominicano se está tornando incrédulo y apático, y pone poco caso a promesas y discursos. Será porque está hastiado de que se le repitan las mismas reflexiones y las mismas ofertas de solución a problemas que permanecen inalterables como el de la educación, el de la energía eléctrica, la inseguridad ciudadana, la corrupción, el narcotráfico, el desempleo y la salud.
Aunque el propio Gobierno acaba de propinar un golpe a la confianza en su política económica con la violación a la ley de capitalización del Banco Central, ésta ha sido la bandera de salvación, que le ha permitido enarbolar logros como un crecimiento del PIB sobre el 8% en los primeros tres años, inflación de un dígito, estabilidad cambiaria, tasas de interés estimulantes y reservas internacionales solventes.
Los números del año en curso no se proyectan halagüeños: la inflación será superior al 10% y el crecimiento económico andará a la mitad promedio de los años anteriores. En el plano interno influye el gasto de campaña, pero nadie puede negar el efecto pesaroso de la elevación de la factura petrolera y de los precios internacionales de los alimentos.
Un gobernante con sentido de la historia y con un liderazgo consagrado, sabe lo importante que resulta el prestigio para generar credibilidad. El PLD se consagró en la mentalidad de los dominicanos como una organización con una mística, una disciplina y una ética diferentes a la de otras organizaciones y, probablemente, eso permitió que acumulara respaldo para llegar al poder.
Ojalá que el presidente Fernández dedicara esta gestión a honrar la memoria histórica de Juan Bosch, que entendía que la política era sobre todo vocación de servicio, no oportunidad para disponer alegremente del erario, como lo han llegado a creer algunos de sus colaboradores.