Diversos poetas, cuentistas, novelistas y ensayistas han colocado la ciudad entre sus intereses sentimentales más obvios y han producido originales publicaciones que ofertan por sus costados aluviones de sueños, remembranzas y dulces soliloquios de amor, pasión e inserción en las vitalidades y en los requiebros históricos del solar citadino.
Por esto, una vez más la ciudad se torna ícono de referencia ante la construcción de vidas, comunidades y sueños.
Y ahora es citada a través de la poetisa dominicana Soledad Álvarez, quien recorre la historia de Santo Domingo a través de una antología poética bajo el título “La ciudad en nosotros”, en la que autores dominicanos muestran sus metamorfosis.
Háblenos un poco de su último libro, “La ciudad en nosotros – La ciudad en la poesía dominicana”.
Como digo en la introducción, es un libro curioso por su gestación. Inició con una conferencia que dicté en la Fundación Corripio con el tema “La ciudad en la poesía dominicana”, en la que intenté un recorrido tras la imagen de la ciudad de Santo Domingo en la poesía dominicana.
Tras una intensa investigación, lo que inició como inquietud y conjetura terminó en una certeza: como La Habana o Buenos Aires, Santo Domingo tiene su poética, construida con una extraordinaria diversidad de registros desde inicios del siglo XX.
Esta conferencia es la que publico en este libro, junto a más de 100 poemas sobre la ciudad de 56 poetas dominicanos.
Es sorprendente la importancia y la significación del tema; y por supuesto debo aclarar que como en toda antología no están todos los poetas ni todos los poemas de la ciudad.
¿Cuáles características definieron su formación literaria?
Hablar de “formación” es hablar de educación, de adiestramiento, por lo que el concepto refiere a algo siempre inacabado, en progresión.
Como el conocimiento, que iniciamos desde el momento del nacimiento y sólo termina con la muerte, la formación literaria es un proceso en el que influyen de manera decisiva el tiempo y la cultura en que se desarrolla.
En la obra de Miguel de Cervantes late el Siglo de Oro español y la educación humanista que recibió en el colegio jesuita de Córdoba.
Y sin dudas, Jorge Luis Borges no sería Borges sin la educación británica que recibió de su institutriz durante los años de infancia, y sin sus estudios secundarios en Suiza.
En lo que respecta a los escritores dominicanos, como Sísifo estamos condenados a empujar, cuesta arriba, la piedra enorme de la incultura ambiente, que vuelve a rodar cuesta abajo porque es también el lastre de las precariedades y vacíos de una educación mediocre, que por descuidar ha descuidado la más elemental de las enseñanzas: la de la lengua, de primera importancia no sólo para el escritor y la literatura, sino también para la supervivencia de nuestra cultura.
En lo que a mí respecta, en varias ocasiones he reivindicado la complejidad y la diversidad de los tiempo y las circunstancias que me han tocado vivir, incluyendo el origen “sesentista” de eso que podría llamarse “formación literaria” – con su búsqueda de sentido, sus utopías y sus ingenuas interpretaciones de la realidad y la literatura.
Pero antes, gracias a mi educación en un colegio de monjas, pude asomarme a la infinita riqueza de la literatura clásica, sobre todo de la literatura española.
Después de los 60, el estudio sistemático y la formación académica me permitieron manejar las diferentes tendencias y corrientes metodológicas en el estudio de la literatura.
¿Con qué género literario se siente más cómoda?
Hasta ahora escribo poesía y ensayo, géneros ciertamente diferentes pero coincidentes como hecho de lengua, como expresión literaria.
Sobre todo si más que de ensayo académico hablamos del ensayo literario, en el que junto a una manifiesta voluntad de estilo encontramos una libertad y un poder de asociación cercanos a la poesía.
Por algo el modernista español Eugenio D´ Ors definió el ensayo como “poetización del saber”, que es la que encontramos en los grandes ensayistas como Montaigne, Ortega, Reyes, Calvino, Octavio Paz, y mi preferida, la española María Zambrano. Claro que entre la poesía y el ensayo hay diferencias.
Alguien dijo que la poesía se asoma al absoluto mientras el ensayo suspende el absoluto. La poesía es una experiencia sagrada. Podríamos decir que el ensayo explica esa experiencia.
Dicen que la poesía es un género casi extinto, un arte de minorías. ¿Qué papel puede jugar la poesía en nuestros días?
Me referí alguna vez a la espléndida paradoja de la poesía en estos tiempos dominados por el poder del mercado.
En la inutilidad, en la imposibilidad de convertirse en bien de consumo radica el valor, la irremplazable necesidad de la poesía.
La crisis de humanidad que vivimos, la desesperanza y la intemperie espiritual hacen de la poesía una fuerza moral, una forma de vida, una forma de soledad que se encuentra con el otro.
¿Cuáles son sus autores favoritos? ¿Han influido en su obra o en su estilo poético?
Para cada tiempo, para cada estado de ánimo y para cada circunstancia intelectual o vital hay un libro y un autor en el que encontramos la cifra que buscábamos, el concepto estimulante, la frase que ilumina y abre nuevos caminos.
Y como es de esperar, en ese momento acogemos ese libro y ese autor entre todos los otros. Quiero decir que para mí no hay uno, dos o diez autores favoritos, porque la lista ha cambiado a través del tiempo.
En la adolescencia, como todos los jóvenes de mi tiempo, prefería a los románticos, desde los menos “ilustres” como Héctor J. Díaz y José Angel Buesa hasta Bécquer y Edgar Allan Poe.
Después fue Darío, y a finales de los 60 el boom, con Julio Córtazar y Rayuela, Vargas Llosa y García Márquez, junto a Carpentier, Borges, Vallejo, a los que siguieron Paz, Onetti y Juan Gelman.
Los clásicos fueron el gran descubrimiento: Tolstoy y Dostoievsky, Faulkner y Flaubert, y sobre todo Proust.
Ahora ando de mano de autores como Jorge Bolaño, Vila Matas y el norteamericano Cormac McCarthy. En poesía, mi autora de cabecera en los últimos años es Blanca Varela, de la que he querido aprender una poesía de los límites, de la intemperie.